Portugal

So Long, Porto

Suena el despertador. ¡Son las 06: 30 h! Me tengo que ir de viaje a Oporto.

Han pasado apenas unas cuatro horas desde que me acosté. Con las legañas bien ancladas a las comisuras de los párpados no me queda otra que realizar meticulosos escorzos para reincorporarme y partir rumbo al aeropuerto de Barajas.

Sin embargo, sin que todavía lo sepa, el destino me tiene reservada una sorpresa. El viaje no va ser el mismo. Como toda víctima que se precie de la tecnología, a pesar del sueño logró apagar la alarma y ver el dichoso WhatsApp. Al instante se me encoje el alma. Al leer los mensajes compruebo como Sergio y Laura, dos viejos amigos de La Gran Evasión, se han acordado inmediatamente de mí. Me comunican con dolor que ha muerto uno de mis ídolos: Don Leonard Cohen, el elegante, espiritual trovador canadiense. El maestro de la cultura popular, de la poesía musical. Mi faro desde que el virus de la música me contagió cuando era un simple renacuajo.

De repente mi cabeza empieza a funcionar. Portugal, Cohen, mi añorada tía….todos estos elementos se mezclan con aterradora normalidad. Recuerdo aquellos viajes en familia a tierras lusas escuchando el “Songs Of Leonard Cohen” o el “Death of a Ladies’ Man”. Antes de huir de la cama, extiendo mi brazo y ahí entre mis libros de cabecera se encuentra la irresistible novela de Cohen “Los hermosos vencidos”. No puedo evitar cogerla. Será parte de mi ligero equipaje.

Las siete en punto. Tras ducharme y, porque no decirlo, no distinguir las gotas de agua con alguna lagrima, enciendo la radio. “Hoy empieza todo”, sustituye su sintonía habitual. Suena la desgarradora “You Want it Darker”. Su último mensaje antes de morir.

Leonard Cohen, maestro de la sencillez

Camino del aeropuerto, mientras sigo escuchando el sentido homenaje a Cohen, me imagino cómo me acogerá Oporto.

Unas dos horas más tarde la capital del Duero me recibe acorde a las circunstancias. Sigilosa, bañada en nostalgia, con dosis de decadente elegancia y ante todo respetuosa. Diríamos que ella también se suma a esta solemne despedida. Pero si algo destaca de Portugal, por mucho que nos autoimpongamos este honorífico galardón, es ser la cuna de la sencillez, de la amabilidad. Visitar Oporto es como visitar a un amigo al que uno lleva tiempo sin ver. Al instante me doy cuenta que todo sigue igual, la magia permanece inalterable.

Oporto atrapa por su cotidianidad, su espontaneidad. Al bajar del autobús, a la altura del hospital de San Antonio, saco del bolsillo un papelito con las indicaciones que me manda Helena, la artífice de este viaje en clave de fiesta sorpresa. Como si tratase de una película me dirijo a una entrañable tasca ubicada en la esquina de la rua da Bandeirinha. Al entrar pregunto por Custodio.

-Bom dia. Eu sou Alex.

Custodio, como aquel que lleva tiempo esperando ese momento, se agacha y me entrega las llaves de la “Casa Verde”. Antes de ir al piso me tomo un garoto escurinho mientras, no sin rubor, práctico mi portuñol con mi nuevo amigo.

En especial durante días tristes, extraños como este, no hay nada mejor que estar en casa. A más de quinientos kilómetros, en A House With A View, encuentro un hogar único, inmejorable donde descansar. Escuchando una nueva canción de Cohen, observando unas impresionantes vistas sobre el Duero, la saudade se apodera irremediablemente de mí.

vistas-bandeirinha-w

Es hora de recorrer como un viajero errante Oporto y su casco histórico, declarado con merecimiento Patrimonio Mundial de la Humanidad. Vinculada a la actividad marítima, la ciudad no se entiende sin su puerto, su vino, pero tampoco sin sus edificios seculares, sus iglesias y su capacidad para aunar estilos arquitectónicos. De su casco medieval a la más pura vanguardia ejemplificada en la Casa de la Música pasando por el estilo manuelino a símbolos románicos o neoclásicos.

Pero sin lugar a dudas lo que más caracteriza a este urbe con piel de pueblecito es su enjambre de tejados anaranjados. No hay mejor lugar que desde lo alto de la torre de los Clérigos para apreciar su belleza y comprobar como los cubiertas de las casitas se dirigen hacia el Duero. Las unas juntas a las otras se disputan el palco de honor.

Subir a los Clérigos es todo un desafío. Este emblema, obra barroca diseñada por Nicolau Nasoni, se eleva a 75 m de altura. Tras contemplar la iglesia con su nave elíptica, su altar, su combinación de granito, mármol y dorado armado de valor y desafiando la claustrofobia alcanzo el mirador. Después de franquear 240 peldaños de una estrecha escalera, me topo con una panorámica de ensueño. Oporto se abre ante mis ojos. A pesar de estar rodeado de turistas, el silencio se apodera de mí mientras identifico las bodegas, la catedral o jardines de corte pombalino.

vistas-clerigos-w

Con la satisfacción del deber cumplido, salgo a la calle y me dirijo hacia la plaza da Liberdade presidida por la estatua ecuestre en bronce de Pedro IV. Al extremo opuesto se encuentra el Ayuntamiento, edificio monumental de mediados del XX. Vuelvo sobre mis pasos, mezclándome con despreocupada gente que charla sentada en un banco o pasea a lo largo de la avenida de los Aliados.

No tengo que coger ningún tren pero es inevitable adentrarse en la estación de Sao Bento. La melancolía preside el hall principal, rodeado de hermosos azulejos y testimonio fehaciente de la historia, costumbres del país: batallas épicas, desembarcos, coronaciones, escenas campestres. Por arte de magia me traslado a épocas pasadas.

¡Es hora de comer! Sobre gustos no hay nada escrito. La variedad aquí es enorme pero el cuerpo me pide seguir el consejo de Rodrigo. La decisión está tomada. Tengo que probar uno de los platos típicos de Oporto: la francesinha. Mientras me dirijo al mejor lugar para degustar este plato, el café Santiago, me voy mentalizando. Voy avisado. Este sándwich típico es para auténticos valientes.

francesinha-w

Nada más llegar es fácil comprobar que se está en el lugar correcto. El local está a rebosar, los camareros trabajan a un ritmo vertiginoso y en el horizonte sobresalen dos cosas: la francesinha y botellas de Super Bock. No sin dificultades me acomodo en la barra. El rincón ideal para observar boquiabierto como se prepara esta bomba de calorías: que si salchicha, bistec, mortadela, queso, huevo frito, más queso, más carne. Los pisos se acumulan y luego el todo es rociado con una salsita elaborada con cerveja. Me sirven el plato con una abundante guarnición de patatas. Saboreo el sándwich con tranquilidad, dosificando las energías al tiempo que observo la pantalla de televisión. ¡Sí, no es fruto de mi imaginación! Ha muerto Leonardo.

Bajo los efectos del empacho, decido proseguir mi marcha, borracho de comida. Desciendo por estrechas callejuelas entre adoquines, tabernas… Por momentos creo estar en una pequeña aldea. ¡Todo es tan auténtico!

calles-porto-w

Aún siendo ateo me siento culpable de comer tanto y puede que por eso acabo en las puertas de la majestuosa catedral da Sé. De origen románico a lo largo de los años el templo ha visto como se añadían toques góticos como el claustro y la capilla.

A cinco metros, desde el mirador, el Duero vuelve a mostrarse esplendoroso, recordando del otro lado del la orilla su tradición vinícola.

Una de las zonas más emblemáticas de la ciudad es la Ribeira. Hasta ahí me voy mientras aparece por el camino una sigilosa habitante. La lluvia. Nada sería igual sin esta figura convirtiendo, en contra de lo que pueda parecer, el paseo si cabe más bucólico. Esta parte de Oporto es hermosamente decadente. Me doy cuenta de ello mientras atravieso iglesias como la San Lorenzo dos Grilos.

Mis pasos me conducen hasta el mercado decimonónico Ferreira Borges, con su reconocible estructura de hierro rojo. Este espacio alberga en la actualidad tiendas, un restaurante y ejerce de epicentro cultural bajo el nombre de Hard Club. A su alrededor, en la calle, se encuentran algunas de las mejores garrafeiras y el neoclásico palacio de la Bolsa en pleno centro histórico. Dentro de este carismático edificio me sorprende el patio de las Naciones y ante todo el salón Árabe. Inspirado en la Alhambra de Granada tenía como objeto ostentar y mostrar al mundo que Portugal tenía poderío para comerciar con cualquiera.

hard-club-w

Al salir el atardecer se apodera de mí y el cuerpo me pide contemplar la puesta de sol junto al Duero.

puente-douro-w

La Ribeira es una postal de colores. El muro dos Bacalhoeiros es fiel reflejo de ello y condensa la esencia y ese toque de hermoso abandono de esta preciosa ciudad.

ribeira-2-w

Antes de que se haga de noche, atravieso el barrio en dirección a “mi casa verde”. Al llegar de nuevo a la torre de los Clérigos, cruzo a la plaza de la Cordoaria y desde ahí vislumbro la que será mi ultima visita del día: la librería Lello.

billeteria-lello-w

En cierto modo da gusto que uno de los rincones más visitados de Oporto sea una librería. ¿La gente se ha aficionado a la lectura? Tras pagar la entrada, mala señal, uno se da cuenta que hay gato encerrado.

inicio-oporto-3-w

Sin duda esta casa de libro es preciosa, con su fachada art nouveau con toques neogóticos, su icónica escalera roja en espiral labrada en madera, pero se ha convertido en un agobiante parque temático. Al instante me doy cuenta de que la gente hace caso omiso a los libros de Pessoa, Saramago. Han venido atraídos por el recuerdo de Harry Porter.

escalera-lello-2-w

Por momentos me siento agobiado e incluso asqueado pero de nuevo Leonardo llega a mi rescate. De fondo suena su música. De repente tengo la sensación de estar solo en mi mundo.

“So long, Marianne, it’s time that we began, to laugh and cry and cry and laugh about it all again”.

Las canciones se suceden y como un vals los clientes parecen desaparecer mientras me abro paso hasta la caja. En Lello se mira pero no se compra. La librera me cobra el ejemplar de “Los Maia” de Eça Queirós un tanto sorprendida.

Se hace tarde, me puede el cansancio y vuelvo a la rua da Bandeirinha no sin antes pasar por la tasca de Custodio a tomarme un sumol mientras me pregunta amablemente por mi día.

Esta es parte de la crónica de un día estupendo caminando por Oporto pensando en Leonardo y en su legado. ¡Gracias maestro! ¡Gracias apaciguador de almas!

Contacta con La Gran Evasión, te descubriremos otros rincones de Oporto. Un destino a descubrir o redescubrir y darse un baño de nostalgia