Noruega

Stavanger, el alma de los fiordos

Bajan las pulsaciones. Noruega transmite tranquilidad. Al aterrizar en la universitaria ciudad de Stavanger pronto percibimos que nos encontramos en un lugar con sus propias normas, sus propios tempos. Aquí, más que en ningún otro sitio, la luz es la directora de orquesta, la atenta maestra de ceremonias de lo cotidiano.

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Noruega nos da la bienvenida con sobriedad, sin estruendos. Esta sencillez es fiel reflejo de la personalidad de sus habitantes. Correctos, afables, sencillos y sobre todo conscientes de pertenecer a uno de los rincones del planeta con mayor calidad de vida.

Esta podría ser una de las señas de identidad de esta parte de Escandinavia pero lo que sorprende es la majestuosidad del entorno.

Stavanger se encuentra enclavada en la provincia de Rogaland, cuna histórica del país. Hasta aquí llegaron los primeros seres humanos tras el gran deshielo. La zona sigue preservando importantes pinturas rupestres y petroglifos, testimonios de la edad de bronce. Existen igualmente registros arqueológicos tanto de la edad de piedra como de bronce. Presenciando la dramática naturaleza resulta sencillo imaginar las hazañas vikingas que tuvieron lugar en estos parajes que quitan el sentido.

Si hiciéramos un ejercicio y pensáramos todos en una palabra que defina o que esté asociada con Noruega, la respuesta sería unánime. Fiordo.

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De origen glaciar, se trata de valles profundos, entre abruptas laderas, cuyo fondo ha sido invadido por el mar cuando se deshicieron los hielos tras la última glaciación. Haciendo uso de nuestra imaginación parecen brazos alargados de los mares, con regusto salado, que en ocasiones se abren camino tierra adentro formando sobrecogedores acantilados, bellas cascadas.

Emblema, motivo orgullo, seña de identidad del país, los fiordos son mucho más que un mero lugar. Se trata de un sentimiento, una forma de entender la naturaleza. A lo largo de la costa oeste encontramos los más hermosos y dos de ellos, los de Geirangerfjord y Nærøyfjord, han sido declarados Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Tengan o no un reconocimiento oficial los fiordos se extienden desde Stavanger hasta Andalsnes, a lo largo de un eje sur-noreste de 500 kilómetros.

De madrugada abandonamos nuestro peculiar albergue ubicado en las dependencias del hospital universitario de Stavanger hacia el puerto. El punto de partida del ferry de la compañía NORLED en dirección a la bucólica localidad de Tau.

En Noruega cobra fuerza el dicho de La Gran Evasión “Es la búsqueda lo que importa. La transformación que hay dentro de ti, eso es lo que importa”. El camino es la meta. Pronto lo descubrimos

Desde la cubierta del barco vemos como la ciudad se despierta poco a poco. Cuando nos damos cuenta las casitas de madera son apenas perceptibles y nos adentramos mar adentro recorriendo la bahía de Stavanger. El paisaje es hipnótico, teniendo la sensación de dirigirnos hacia lo desconocido. Tras cuarenta minutos arribamos a Tau. Típico pueblecito de marcado estilo noruego anclado en las faldas de una hermosa colina.

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Tras abandonar el barco nos dirigimos por carretera hacia la entrada del parque, punto de partida para la excursión a Preikestolen. Durante veinte minutos nuestro autobús se adentra por una ruta de montaña salpicada de árboles que parecen abrirse camino entre la matinal niebla. Aunque el camino es la meta, parece que el día no acompaña.

Pronto nos damos cuenta de que eso es lo de menos. Tras abrigarnos empezamos nuestra caminata rumbo al mirador del Púlpito, imponente formación rocosa suspendida en el vacío. Adentrase por el parque es descubrir un enorme patio natural rodeado de los valles del distrito de Ryfykle. La ruta discurre cuesta arriba por tendidos caminos de piedras para luego descender hacia una verde planicie bordeada de pinos, de abedules, de hermosura incomparable.

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El recorrido no es especialmente duro pero por momentos caminamos bajo un fresco manto de agua, cuestión no extraña a finales de verano. Nada borra la sonrisa de nuestra boca, menos al saber que nos acercamos a la cima. Ninguna vista supera la satisfacción de deambular en medio de tal templo de la naturaleza. Mientras saboreamos esta agradable sensación intuimos que estamos a punto sentir la quietud, de percibir el alma pausada de los fiordos.

Tras algo menos de dos horas de placentero caminar llegamos arriba, cubiertos por un espeso manto de niebla. Lejos de desanimarnos, nos invade una agradable sensación. Hermanarse con la naturaleza es mucho más importante que cualquier panorámica. Además no tenemos prisa. ¡Esperaremos que la niebla desaparezca, que cese la lluvia!

Entre medias intuimos que algo majestuoso nos espera. Intentamos imaginar la profundidad, la fisionomía del escondidizo fiordo Lysefjord.

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Asistimos perplejos a incomprensibles desafíos de equilibrismo. ¿Vale la pena jugarse el pellejo por una foto? A pesar de la persistente niebla, algunos turistas se acercan, desafiando el vértigo, al borde de la imponente formación rocosa conocida como el Púlpito. De repente una mujer asiática logra que se encoja el corazón de todos los presentes. La Gran Evasión no puede evitar recordarla que ha estado muy, pero que muy cerca, de precipitarse al vacío.

Con el susto en el cuerpo vemos como el día nos brinda una fugaz tregua. De repente esa cortina gris se abre para presentarnos al esplendoroso fiordo de Lysefjord, uno de los grandes imanes turísticos de Noruega. En ese momento somos conscientes de la dimensión del mirador, su imponente estructura cuadrada y entendemos a la perfección porque es conocida como el Púlpito. No creemos en ningún ser celestial pero esto es lo más parecido a un milagro. Nos encontramos suspendidos, levitando sobre una enorme roca a más de 600 m de altura.

Decidimos alejarnos unos metros de la plataforma y cerramos los ojos. Este sencillo ejercicio es toda una experiencia. En ese preciso instante percibimos poderío de la naturaleza. El silencio se apodera de todo. El eslogan turístico de la región cobra sentido. “You have to be here to believe it”. La espera, el frío en la cumbre bien merecen la pena. La Noruega de los fiordos es mucho más que un viaje, unas vistas. Es un sentimiento. Un sentimiento de plena armonía y conexión con el entorno.

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Tras abrir los ojos, la mente, activar todos los sentidos, es el momento de rehacer el camino y regresar a Stavanger.

La capital de Rogaland nos recibe esplendorosa, brillante, engalanada para brindarnos un atardecer sigiloso. Bordeando el puerto nos dirigimos hacia el casco histórico mientras comprobamos como el cielo se colorea proyectando la sombra de los edificios sobre las tranquilas aguas que bordean esta localidad.

Al llegar al Oljemuseum, de sobria a la par que vanguardista arquitectura, nos damos cuenta la importancia de la industria petrolífera para el desarrollo económico de la región y del país. Por algo Stavanger es considerada como una de las capitales europeas del petróleo.

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Stavanger combina modernidad con tradición. Ejemplo de ello es el palacio de conciertos Stavanger Konserthus y las casitas de madera que pueblan la famosa Øvre Strandgate. En esta parte de la ciudad vieja se encuentra el asentamiento de casas de madera mejor conservado de Europa. A ambos lados de una estrecha calle adoquinada se alinean más de 150 coquetas casitas blancas. Si tenemos curiosidad siempre podemos acudir al vecino museo noruego del Enlatado, el Norsk Hermetikkmuseum.

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Caminar por las calles del centro es respirar arte. Por algo Stavanger fue declarada Capital Europea de la Cultura en 2008. Somos testigos de ello cuando, sin darnos cuenta, nos damos de bruces con algunos de los graffitis que decoran las paredes de los edificios o al recorrer la bucólica y colorida Øvre Holmegate. Esta calle sorprende por la desenfada armonía de sus fachadas, por los animados cafés donde hacer una pausa en el camino o por las tiendas convertidas en peluquerías, librerías etc.

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La tranquilidad de esta localidad de juguete contrasta con la grandiosidad del paisaje y de los fiordos de los alrededores.

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Contacta con La Gran Evasión, te descubriremos todos los secretos de la región Stavanger. Un lugar que palpita durante todo el año y que acoge alguno de los festivales más interesantes de todo el país. ¿A qué estás esperando? ¡Visita Noruega!