Tíbet

Espiritualidad en las alturas

De vez en cuando los sueños se hacen realidad y en mi inconsciente, desde que de pequeño leía los Tintín, uno de ellos era viajar al Tíbet.

Las expectativas de cualquiera ante un viaje de tal calibre son enormes. Creo que no hay ningún lugar en el mundo más místico y más fascinante que el Tíbet. La llegada a Lhasa, al menos en los tiempos que corren, provoca sentimientos contradictorios. El primero es de desconcierto. Uno se pregunta. ¿Me he confundido de estación o de país? No fue el caso. La estación de tren es enorme y una vez fuera se percibe la influencia y el yugo chino. Avenidas amplias, carteles en chino por todas partes, policía en cada rincón… Es impactante y no es la imagen de pueblo de montaña que uno espera.

Esta sensación desaparece por completo cuando desde la ventana de la furgoneta se divisa el Palacio de Potala, icono de Lhasa y en su día residencia del Dalai Lama. Sin lugar a dudas, uno de los momentos más especiales para cualquier viajero que se precie.

Según los chinos, Lhasa es la capital de la Región Autónoma de Tíbet. Nunca la palabra “autónoma” tuvo menos sentido. Tíbet es una nación y en la actualidad vive una represión en cubierta. No creo que hayan mejorado mucho las cosas desde la época de Mao y su fatídica Revolución Cultural. La misma, entre otras cosas, supuso el exilio del Dalai Lama a la India, ya por el año 1959.

Da pena pasear por el casco antiguo de Lhasa y ver cámaras de vigilancia, policía china patrullando y postrada en las terrazas de los edificios con escopetas. Es inevitable que a uno le invada una sensación de rabia. Este sentimiento vuelve a transformarse y tan pronto se ve a los tibetanos recorrer Bankor Square y los templos de la zona de Jhonkgang rezando y defendiendo sus ideales, no hay más remedio que sentir una profunda e infinita admiración.

Misticismo-Tibetano-w

Lhasa se encuentra encuadrada en un valle, a una altitud de unos 3.700 m. Hay que tomarse las cosas con mucha calma y los primeros días aclimatarse sin hacer esfuerzos. En Bolivia hay un dicho que se puede aplicar ahí “come poquito, anda despacito y duerme solito.” Bueno esto último no lo respeté porque compartía habitación.

Las vistas desde cualquier terraza de Lhasa, y desde la del hotel de La Gran Evasión en particular, son memorables. Banderas budistas (parecidas a las que uno ve en Nepal) decoran las azoteas y se mire por donde se mire uno se topa con montañas imponentes. Mientras tomaba notas en mi cuaderno de viaje, enfrente mío contemplaba  el Palacio de Potala. Al igual que cuando se ve a alguien que le encanta, hay que pulsar en el cerebro la tecla “guardar como”.

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La joya de la corona de Lhasa es el Palacio de Potala, construido en el siglo VII y ampliado en el  XVII bajo el auspicio del V Dalai Lama. En la actualidad se divide en dos: el Blanco y el Rojo. Potala ha sido históricamente la residencia de los distintos Dalai Lama aunque desgraciadamente ahora esto no es posible. Una de las contradicciones es que la mayoría de los turistas que lo visitan son chinos. La misma nación que se esfuerza, afortunadamente en vano, en erradicar la cultura tibetana.

Otro de los lugares más fascinantes de Lhasa es el Monasterio de Deprung, uno de los más largos del mundo y hasta la creación del Palacio de Potala, residencia de los distintos Lamas. Lo que da pena es pensar que no hace tanto estos monasterios y lugares de culto estaban llenos de monjes. Ahora, a raíz de la Revolución Cultura se produjo un éxodo, solo unos pocos residen ahí.

Es aconsejable visitar el Monasterio de Sera. Es un templo gelupa, una de las distintas etnias del Tíbet y del budismo, y la particularidad es que uno puede contemplar los “combates” o debates filosóficos de los monjes. ¡Comprender es otro cantar!

No sé si trascendió en España pero durante nuestra estancia nos llegaron ecos que estando ahí hubo grandes enfrentamientos y eso se notaba el día después en la calle. Mira que es complicado, pero había más policía y controles. Según parece, en protesta hacia el régimen chino, dos tibetanos se autoinmolaron fuera del Templo de Jokhang. El año anterior se produjo una oleada de autoinmolaciones pero era la primera vez que ocurría en Lhasa. No lo vimos pero, según pudimos informarnos, 15 minutos después del suceso no había ni rastro del incidente. Por mucho que el gobierno chino quiera silenciar estos actos, no es posible. La globalización no llegará a China pero Occidente está al tanto de ello.

La Gran Evasión se propuso recorrer una parte del Tíbet. Uno de los atractivos del país es poder contemplar una de las vertientes del Everest y toda la cordillera del Himalaya.

Desde Shegar, una joya de la cultura tibetana, pusimos rumbo al Campo Base del Everest (CBE). El camino es prácticamente en su totalidad de pista y poco a poco uno va sintiendo el nerviosismo. La sorpresa y estupefacción llega al traspasar el paso de montaña del Chay Pan-La (5.050 m) Tuvimos la suerte de nuestras vidas ya que el día estaba totalmente despejado. Uno se queda sin aliento, no exagero, ante tal magno paisaje. Normalmente de pequeño, desde la casa de mis padres, veía Navacerrada. A mí eso ya me parecía un lujo y la leche. Aquel día ante nosotros estaba el Dream Team de las montañas: El Everest (8848 m), el Makalu (8.463 m), el Lhotse (8.516 m), el Cho Oyu (8.201 m) y el Xi Xia Bangma (8.012 m).

Sin lugar a dudas este fue el zenit de mi viaje. Es complicado superar esa sensación de tranquilidad y paz absoluta. El cielo es imponente, casi se puede tocar, al tiempo que uno se siente minúsculo ante tal entorno.

Mi hermano Nico me hizo escuchar una canción fija en mi Ipod, el “Northern Sky” de Nick Drake, un artista mayúsculo.

Tras alucinar durante unos minutos, era hora de volver al coche para emprender camino del campo base. Antes de llegar al CBE, La Gran Evasión se detuvo en el monasterio más alto del mundo, el Rongphu. No había nadie en el interior y fuimos testigos de excepción de las oraciones de los monjes. ¡Sobrecogedor! Al final de las mismas sonaron esas “trompetas” que habréis visto dibujadas en Tintín en el Tíbet, los Donchan.

Tras pasar por un campo base intermedio, donde dormiríamos, por la tarde fuimos de caminata rumbo al CBE. Mientras algún que otro famoso “alpinista” se pasa la vida alardeando de sus gestas, quien iba decirme que un personaje como yo iba a estar ahí. Pues sí, se cumplió el milagro y La Gran Evasión superó el mal de altura, llegando al CBE. El “paseo” hacia el campo duró una hora. En el último tramo cuesta respirar y eso que es solo un repecho. No me quiero ni imaginar la sensación de aquellos que emprenden la ascensión.

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Uno de los momentos místicos fue colgar nuestras banderas tibetanas (tarchok). Nuestros deseos perduran ahí en el techo del mundo.

En el Tíbet se respira espiritualidad por los cuatro costados. Durante esa época del año cientos de hindús peregrinan hasta el Tíbet y en particular hasta el Lago Mapam Yunco. Los hinduistas lo consideran un lago sagrado y bañarse en él les limpia de los cinco pecados capitales (codicia, rabia, envidia, pereza y fatuidad). Del mismo modo, las cenizas de Mahatma Gandhi están esparcidas en el lago, lo que le convierte si cabe en un lugar más místico. Por la mañana vi a varios hindúes bañarse. Ver sus caras de felicidad contagia y conmueve. Eso sí, limpiarán su alma pero la semana en cama recuperándose del constipado no se los quita nadie.

El momento esperado en nuestro periplo por el Tíbet era poder asistir en Tarboche al  Saga Dawa, uno de los festivales tibetanos más importantes. Los fieles peregrinan durante tres días alrededor del Kailash, monte sagrado para ellos y que, afortunadamente, nadie lo ha profanado escalándolo.

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Sin lugar a dudas lo más interesante es ser testigo silencioso. sigiloso de la cotidianidad del peregrinaje y observar a familias venidas de cada rincón del Tíbet, rezando juntas, calentando el té en el fuego, hablando de sus cosas etc. El momento culminante es el ritual del izado de un mástil gigante con todas las tarchok. El Saga Dawa es la oportunidad perfecta de, observando los rostros de la gente, de comprender y sentir la fuerza de la cultura tibetana.

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Después de pasarnos horas y horas contemplando el festival, muy a nuestro pesar, tocaba carretera y manta rumbo a Lhasa. Bueno uno pasó el “rato” (dos días enteros de coche) inmerso en la lectura y sobre todo enganchado al Ipod. No sé por qué pero me dio por escuchar todo el rato música francesa (Moustaki, Benjamin Biolay, Autour de Lucie etc.)

¡Cualquiera puede vivir una Gran Evasión pero hacerlo en el Tíbet no tiene parangón! Como diría el Dalai Lama “Id al Tíbet y visitad distintos lugares, tantos como podáis y luego contárselo al mundo”.

¡Infórmate y contacta con La Gran Evasión!