Filipinas

Sobrecogedora devoción

La Semana Santa, para los cristianos, es sinónimo de celebración y el momento para recordar la Pasión de Jesucristo. Teólogos tiene la iglesia y estas fechas se celebran de manera distinta en todo el mundo. Sin embargo, un factor sobresale por encima del resto. La devoción de los fieles.

En muchos rincones de España, los devotos costaleros deben creer a pies juntillas en el dicho popular de “la fe mueve montañas”. De lo contrario, cuesta creer como estos fornidos fieles logran levantar con su cuello o con sus hombros las imágenes religiosas que recorren año tras año las angostas calles de Andalucía.

Lejos de ahí, allá por 1565, los españoles arribaron a las costas de Filipinas para colonizar y cristianizar un lejano territorio, en los confines de Asia. El paso de los años y la impronta cada vez más arraigada de la cultura americana no logra sin embargo borrar la profunda fe cristiana del pueblo filipino.

Imagen de Semana Santa, San Fernando

Sus gentes viven con sobrecogedora pasión, intensidad y realismo estas fechas, conocidas como Maleldo. Un pueblo sobresale por encima del resto, convirtiendo la celebración del Viernes Santo en un espectáculo que excede lo puramente religioso. El humilde barangay de San Pedro de Cutud, en San Fernando, provincia de Pampanga, rompe su monotonía y se convierte en el foco del mundo entero. ¿Cómo logra un suburbio, como otro cualquiera, acaparar la atención de los medios? ¿Desde cuándo la gente se interesa por la situación de los más desfavorecidos? Desgraciadamente las conciencias no se avivan ese día. La exacerbada pasión y la manera de recrear el juicio y muerte de Cristo convierten a esta pequeña localidad en lugar de encuentro de miles de fieles y de curiosos, venidos de todos los rincones de nuestro planeta.

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El centro de todas las miradas recae en la figura de un sencillo pintor y carpintero. Rubén Enaje lleva 27 años poniéndose en la piel de Jesucristo y convirtiéndose en el protagonista de un “teatro callejero” que recrea las últimas horas de Cristo, hasta el clímax de la crucifixión.

Procesión en San Pedro de Cutud

El debate se plantea a la hora de cuestionarse acerca de los límites a establecer. ¿Es posible, es entendible, llevar el cuerpo humano a cotas insospechadas de sufrimiento?

¿Tiene sentido?

¿Qué mueve a un ser humano a revivir un tal sacrificio, forzando su cuerpo hasta el dolor infinito? Rubén no es el único. La procesión viene precedida de decenas de magdarames, fervientes penitentes que se autoflagelan, rememorando el cruel preludio de la muerte de Jesús. Con el rostro tapado los fieles balancean de forma parsimoniosa y constante unas fustas de madera contra sus torsos desnudos. Mikel López, un joven filipino, participa desde hace cinco años en esta sangrienta práctica. El objetivo no es otro que realizar la panata, cumplir sus votos, sus promesas.

Magdarames "fervientes penitentes"

Por momentos, uno cierra los ojos, intentando abstraerse de tan macabra experiencia, pensando que está viviendo un sueño. La realidad supera la ficción. El torso ensangrentado de los fieles y las gotas de sangre en las prendas de los viandantes son señas inequívocas de estar asistiendo a un episodio real, donde nuevamente el ser humano, amparado en la religión, sufre hasta la extenuación.

Metros atrás, bajo un calor inmisericorde, abriéndose paso entre el gentío, Rubén sigue portando una pesada cruz, camino del dramático desenlace de la crucifixión.

El peso de la cruz

En una colina, miles de personas esperan el desenlace de esta singular celebración. Incrédulo, sin saber por qué nos encontrábamos ahí, presenciamos desde la zona de prensa la llegada del sequito. Los soldados romanos llevan a Jesús a la cruz. Las ráfagas de las cámaras de fotos, los rostros de estupefacción del público y ante todo el alarido de dolor de Rubén son muestras innegables de esta sobrecogedora celebración.

El sufrimiento de la crucifixión

Los días previos intentamos comprender que lleva a un ser humano a crucificarse y a experimentar una tal sensación de dolor, difícil de imaginar.

La crucifixión de Rubén Enaje

Rubén Enaje es un hombre pausado, reflexivo, tímido pero consciente de que su figura despierta controversia y sobre todo incomprensión. Esa sensación, junto a una notaria dosis de tristeza, le embarga cuando habla sobre la falta de apoyo de la Iglesia. Las altas instancias eclesiásticas, si bien no la prohíben, no apoyan esta celebración, alegando que solo existe el verdadero Jesús.

El jueves santo, los medios de comunicación y los curiosos, empiezan a agolparse en casa de Rubén. Ajena, aunque resignada ante tal circo mediático, su familia prosigue sus quehaceres normales. Es en el momento en que el patriarca se levanta de la siesta cuando se inicia un buen revuelo. Tras volver a saludar a nuestro protagonista nos alejamos de la casa, no sin antes recibir su invitación a dialogar con calma. ¡Ardua tarea! Horas más tarde, cuando el calor va amainando, logramos hablar con Rubén, pero ante la constante y plomiza persecución de un equipo de televisión chino.

La respuesta del ferviente penitente no sorprende. Su única motivación es la fe, mantener la tradición, sentirse cerca de Cristo y limpiar sus pecados. Rubén nunca quiso ser, a diferencia de su padre, magdarame y es en el momento de la crucifixión, al cerrar los ojos y rezar con fervor, cuando siente más profundamente la llamada del Señor.

Dialogar, convivir con él, antes, durante y después de este espectáculo nos reafirma de que se trata de un personaje normal, pero que una vez al año traspasa los límites de lo razonable y de lo comprensible.

Rubén Enaje con los medios tras la crucifixión

Horas después, pasada la algarabía y el frenesí de esta celebración, al revisar los correos, una buena amiga nos narra desde Madrid la cara de estupefacción de su hijo al ver las imágenes en el telediario al tiempo que le espeta a su madre: “¿Por qué hacen eso?. No tiene sentido”. Esa anécdota nos proporciona luz. ¿Tienen los niños más conciencia de la realidad que los adultos? ¿Su falta de entendimiento sobre la religión les hace ver las cosas con mayor objetividad?

Sea como sea, el bueno de Luis nos permite aseverar que descontextualizando, o incluso contextualizando, no parece lógico interponer la fe a la salud.

Los clavos de la fe. Sin trampa ni cartón

El debate sigue abierto pero esta es la conclusión, acertada o no, a la que llegamos gracias a los ojos, objetivos y clarividentes del buenazo de Luis.

Contacta con La Gran Evasión, te descubriremos los rincones más ocultos de un país fascinante. Y recuerda, como reza su lema turístico, “It’s more fun in the Philippines”.