Birmania

Siguiendo los pasos de Orwell

Birmania es un país que remite a personajes ilustres de todo tipo. Uno de ellos es el escritor inglés: Orwel y autor de “Los días de Birmania”.

De todos modos el nombre propio por antonomasia cuando se habla de Birmania no es otro que el de la inquebrantable y verdadera dama de hierro, en el buen sentido del término, Aung San Suu Kyi. Hija del héroe nacional,  activista y defensora a ultranza de las libertades y derechos de los birmanos. En esa época estaba, si cabe, más en el candelero porque, aparte de ganar las elecciones parciales, ya no se encontraba en arresto domiciliario y visitaba Europa esos días para, entre otras cosas, recibir en Oslo el Premio Nobel de la Paz. ¡Ya era hora! Verla desde Birmania recoger el premio fue peculiar y hace mantener la esperanza. Bueno, en el fondo nada ha cambiado y la Junta Militar mueve los hilos. Las elecciones presidenciales son supuestamente en 2015. Queda por ver qué pasa y si entre medias Birmania levanta poco a poco el vuelo y se vuelve un país transparente y de libertades.

En su día, cuando trabajaba para la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) nos tocó vivir de cerca la gestión que la Junta Militar hizo del Ciclón Nagris en 2008. Cuando La Gran Evasión recorrió el país no había ciclón  pero si un conflicto latente en el este del país, con miles de refugiados rumbo a Bangladesh.

La principal vía de entrada al país es su capital, Yangón. El icono de la ciudad es la majestuosa Shwedagon Paya. Una de las mayores zedi del país con una altura que ronda los 100m. La zedi es esplendorosa especialmente gracias al brillo de los casi 8.000 diamantes y otras piedras preciosas que con esmero la decoran. Fuimos por la tarde noche pero es aconsejable visitarla en distintos momentos del día.

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En ocasiones viajar es lo más parecido a un trabajo, placentero pero trabajo al fin y al cabo. En Birmania no es tan evidente como parece. No es que sea extremadamente complicado pero ahí nadie respeta los horarios, las infraestructuras y los transportes están obsoletos y sin mantenimiento desde la época colonial. Esos días tenía la impresión de que estaba viajando de verdad. Viviendo, sintiendo y disfrutando de la experiencia. Viajar no es sólo visitar monumentos. Para La Gran Evasión lo más especial, aunque sean muchas horas, es el transporte en sí mismo. La búsqueda, la transformación que experimenta todo viajero, más allá del destino y del lugar concreto.

Esto no quita para que Birmania esconda multitud de lugares con encanto y de visita obligada como el Lago Inle, las antiguas ciudades alrededor de Mandalay…

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Un rincón de difícil acceso per lleno de simbología es Katha. Ahí es donde vivió Orwell y ambientó “Los días de Birmania”, su primera novela e ideal para entender una parte de la historia de este país. Se trata de un formidable retrato de la vida en Birmania durante la época colonial, pero es estremecedor y triste comprobar el trato que la mayoría de los ingleses dispensaba a los birmanos. Se les tildaba y trataba como “negros” y una raza simplemente inferior. !Nada más lejos de la realidad! Los birmanos son encantadores.

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Pude jugar un poco al tenis en la misma pista donde transcurre parte de la novela. Me sentí especial y comprobé que no había perdido mi clase con la raqueta.

El día después partía el barco hacia Mandalay. Queríamos recorrer parte del mítico río Ayeyarwady. Si se dispone de tiempo este viaje es inolvidable y uno podrá comprender mejor la esencia de sus país y sus gentes. El trayecto discurre por aldeas ribereñas. Nos hicimos fuertes en la cubierta y dormimos a la intemperie. Aunque no haya asientos, a la postre, es el lugar más tranquilo del barco y desde se puede contemplar mejor  el paisaje: apacible y espectacular.

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Supongo que todos ya habréis oído hablar de la “perla” y autentica joya de Birmania: Bagan. En cualquier caso, se trata un conjunto espectacular de unos 4400 templos situados en un enclave de unos 42 kilómetros y repartidos a lo largo de distintas llanuras: central, norte, sur y es el hogar de diferentes ciudades pequeñitas. Fue el rey Anawratha quien, tras introducir el budismo, empezó a construir un templo tras otro.

Bagan es uno de esos lugares perfectos, sobrecogedores, para una Gran Evasión y que deberían estar marcados en rojo en cualquier plan de viaje.

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La mejor forma de recorrer este maravilloso complejo arquitectónico, solo comparable en Asia con el de Angkor en Camboya, es en bicicleta. Ese es el encanto: perderse y descubrir su propio lugar secreto, su rincón predilecto, su templo preferido en esta vasta llanura sin igual en el mundo. Al menos es aconsejable pasar tres noches y contemplar un atardecer y un amanecer. El reflejo de los primeros rayos de sol en las paredes naranjas da si cabe más esplendor a Bagan.

Como dijo el poeta y escritor inglés Rudyard Kipling, “ Esto es Birmania. No se parece a nada de lo que hayas visto.”

¡Contactad con La Gran Evasión y visitad este cautivador país y las ruinas de Bagan!